Un cosmos de hambre
para una pestaña de pan.
Alimentado de dardos
roto de espuma,
muerto.
Una bandera desconocida
-a quién le importa-
Infamias, dolor, fanatismo,
escarmiento de hienas
y dulzura.
Sus ojos profundos
sin flores
me hablan
de ese granizo helado
que no se derretía nunca.
De esa sábana roja.
De esa paloma estéril.
De una mano, una manga,
una partida perdida.
Pero sonríen, dulces.
lunes, 20 de julio de 2009
El niño de la guerra
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