
No miraré esos ojos de adulto
ni esos dientes de leche fermentados
por el hongo del hambre que masticas,
mientras tragas el aire que la pasividad te dona.
Yo no sé a qué sabe tu dolor
ni imagino a qué huele esa piel envejecida.
Sé que el futuro se derrite en tu boca,
dentro de esas mejillas que escoriaron
con sus puntas tus huesos evidentes.
Yo podría llenarte la taza sin esfuerzo,
pero en mi mundo no estás tú.
Aquí no precisamos de amuletos para
ahuyentar a saltos los espíritus del mal.
Aquí convivimos en armonía con las hienas.
Si te quedaran fuerzas, podrías huir de tu infortunio,
correr como la pólvora a esta tierra de llorones,
de blancos grasos y orondos, hartos de todo,
en tu ancestral rito de iniciación a la vida.
Si te quedaran fuerzas y el mar no te tragara.
Pero ya no tienes esas piernas de guepardo
que tus antepasados exhibieran con bravura.
Ya no tienes ni conciencia de ser hombre.
Ya no puedes ni andar, de tan delgado.